Aquel célebre pero olvidado criollo jacobino

Don Bernardo de Monteagudo Cáceres

Haremos de carne humana

la estatua de Robespierre

para que sirva de ejemplo

al mártir aquél

De El Bateo, zarzuela (Chueca-Paso, Madrid, 7-11-1901)

Lima, viernes 28 de enero de 1825

La lobreguez de la noche de ese día, al anunciar la campana mayor de San Francisco las 9:30, hora que la población ya duerme y las rondas de serenos patrullan calles, un atildado ex funcionario del ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores, en Lima, hace abandono del viejo local con sede en la muy antigua calle Aduana; el ujier que lo acompaña hasta el portón ya cerrado, excepto el postigo, se inclina respetuoso para desear a su excelencia reconfortante descanso, en tanto  que el centinela, un negro granadero de la Guardia Nacional hace el marcial saludo de ordenanza.

El caballero, a la sazón coronel, en ropa de civil, rechaza subir al coche que le aguarda y da señales que irá a pie sin escolta. Era la última vez que le verían.

La mortecina luz de los braquetes, que se suceden al lado de los portones, con brillantes lumbreras en lo alto de los postes de las esquinas, son suficientes, para reconocer por la indumentaria, que nuestro personaje se identifica con uno de la clase alta: largo abrigo oscuro; negra la chistera, pantalones de fino paño y botas altas con espolines; blusa con vuelos y encajes de seda en cuello y puños; casaquilla con una cadena de oro o leontina sujeta al reloj en el bolsillo.

Deja atrás la calle Aduana, continua a paso lento calles abajo por Botica de San Pedro, la Rifa, Núñez en cuya esquina con Filipinas levanta la vieja casona en ruinas donde nació otro libre pensador colonial, el limeño don Pablo de Olavide, quien acusado de mal uso de los fondos públicos que le confió el virrey -en su deseo de paliar en algo la dura perdida del padre y demás miembros de tan distinguida familia- en el derrumbe por causa del poderoso sismo la fatídica noche del viernes 28 de octubre de 1746, setenta y nueve años atrás.

Los fondos aquellos le fueron entregados para restaurar obras pías, ergo monasterios e iglesias, amén de conventos y capillas que la Ciudad de los Reyes los tenía a profusión, la gran mayoría en escombros.

Seria queja fue la planteada ante el Tribunal del Santo Oficio, por cuanto Olavide los habría sisado en su afán de emprender por su cuenta obra impía, es decir el actual Teatro  Nacional; fue asunto que llevó a su excelencia, el Conde de Superunda, don José Antonio Manso de Velazco, al menudo ajetreo para rescatarlo de las garras de la Inquisición que finalmente, revocándole la pena de hoguera por la de destierro a perpetuidad, dispuso su confinamiento en España, donde don Pablo hizo historia en Andalucía en las obras de irrigación de Sierra Morena. Nuestro caminante no puede dejar de esbozar comprensivo una sarcástica sonrisa.

Empero se percata que a su paso se encienden las luces en determinadas ventanas, muchas de ellas de fina y rica balconada, que revela a sus propietarios, poderosos mercaderes y políticos que le son enemigos. Al finalizar Jesús Nazareno, saca del bolsillo de su casaquilla -tirando de la leontina de oro- el reloj y consulta la hora. No ha tomado el camino a su domicilio de la calle de La Vera-Cruz, pues está lejos de allí; gira sobre su izquierda y prosigue por la Merced, pasa delante del imponente templo sin deseo alguno de quitarse el sombrero, que no lo haría por su declarado ateísmo muy propio de su condición de francmasón.

Lleva la mirada a uno de los graciosos balcones de una casa fronteriza y puede adivinar la grácil figura de alguna dama de la sociedad capitalina que le escudriña discreta (muchos son los amoríos que se le atribuyen – repasa por su magín con mal oculta vanidad-: precisamente, la complicidad de aquella noche le lleva a cumplir concertada cita con su amante Juanita Salguero. El día de ayer había recibido ese anónimo: “Zambo Monteagudo, de esta no te desquitas”. Sin darle la menor importancia al hecho va terminando Baquíjano, encamina sus pasos por  Boza y San Juan de Dios, desemboca luego en la amplia e irregular ágora… y enfila sus cadencioso paso a la visible plazuela de la Micheo, idílico lugar, sencillo pero distinguido por sus  labrados postes que rematan en agradables faroles; se detiene y toma de la faltriquera algo de tabaco para liar un cigarrillo, precisamente a la altura de la calle o callejón Faltriquera del Diablo

Su conducta de la que en Buenos Aires mucho se había cuestionado, tanto por sus excesos políticos en la persona de sus enemigos, como por su pasión por las hijas de Eva, le llevaron a publicar en La Gaceta aquellas líneas, previendo a sus críticos de toda época: “Sé que mi intención será siempre un problema para unos, mi conducta un escándalo para otros y mis esfuerzos una prueba de heroísmo en el concepto de algunos, me importa todo muy poco, y no me olvidaré lo que decía Sócrates, los que sirven a la Patria deben contarse felices si antes de elevarles altares no le levantan cadalsos”.

Aspira con fruición y largueza la mezcla de rapé y con la vista puesta en un cielo oscuro desprovisto de estrellas y de continuo nublado, piensa en su situación política y la responsabilidad que pesan sobre sus hombros ahora con el consentimiento del Libertador Bolívar quien le había restaurado en su actividad de asesor a su llegada a Lima. Medita, además, en la ausencia del Protector, don José de San Martín, quien también le había encargado las misiones públicas más importantes durante toda la campaña libertaria, que empezando antes de la batalla de Chacabuco, en la emancipada Chile, culminó en Lima frente al flamante Ministerio de Guerra y Marina, con titularidad del correspondiente novísimo Ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores del Perú.

Pero sus tenaces enemigos políticos son los que le habían despojado de sus cargos y expulsado a Panamá bajo pena de muerte si reingresaba al territorio nacional, asunto zanjado pues había retornado de la mano del Libertador a despecho de aquellos feroces rivales republicanos, de los cuales Faustino Sánchez Carrión era el peor y más incisivo.

Un sentido de intima satisfacción le produce recordar también que su rica biblioteca particular había servido para ofrecerla y fundar la Biblioteca de Lima (Actual Biblioteca Nacional) a la que se agregaron los libros de don José de San Martín y aquellos muchos otros dejados por los padres jesuitas, después de la inicua expulsión en el SXVIII.

También de los sendos decretos fundando el Museo con todos los tiestos, tejidos y valiosos objetos dispersos por todos lados del patrimonio peruano en el vastísimo territorio emancipado que, en el fondo de su sopesado criterio lo prefería para monarquía constituyente, antes que república democrática, idea compartida por San Martín, por entonces ya rumbo a su  autoexilio de Francia.

Con espíritu resuelto, propio de su acusado terrorismo jacobino, embargado del sincero propósito para obrar que el Perú pueda alcanzar un porvenir mejor del que hasta entonces había conseguido, se ufana mentalmente de haber llevado a la prisión o al cadalso con secuestro de bienes, al igual que en Chile, a muchos españoles y criollos españolizados, a la par de aquellos rivales peligrosos e inútiles para la causa continental. Y, naturalmente, que esas muertes y despojos heredaron en sus familias el odio acerbo de la vindicta que él conocía de sobra, pues estaba persuadido que desembocaría en algún atentado contra su odiada persona.

No pudo tampoco dejar de recordar el claro fracaso de la conferencia del general San Martín con el Libertador caraqueño Simón Bolívar, consecuencia de su inmediato retorno para dimitir ante el primer Congreso Constituyente del cargo de Protector que se le había conferido, para luego alejarse de las costas americanas y no regresar jamás. Con lo que la madurada idea de conseguir aquella monarquía constitucional que defendida con igual vigor que el tenaz rechazo de los republicanos, quedó truncada. El general argentino había finalizado sus palabras de dimisión y despedida con estas finales: “…optad con criterio la forma de gobierno que necesita el Perú, de lo contrario los hijos de vuestros hijos darán el fallo

Pasaron también por su ocupada mente, como si lo fuera por un caleidoscopio, su destierro en Panamá los importantes momentos de su reunión con el Libertador Bolívar en la población ecuatoriana de Ibarra, los lazos de amistad que se formaron, su retornó a Lima por Trujillo, no obstante la vigencia y severidad de la resolución legislativa que ordenaba su confinamiento o muerte si volvía al Perú. Regresó con el grado de coronel en la campaña final de la guerra de la independencia del Perú, y entró en Lima, después de la victoria de Ayacucho del 9 de diciembre de 1824.

Entonces el Libertador al igual que lo había hecho el Protector, actuó otorgándole confianza y le dejó madurar las ideas para el futuro post libertario del Perú en concierto de  unificación con el resto de países ya emancipados, a la par que el odio de sus detractores políticos, encabezados por Faustino Sánchez Carrión, acrecía subrepticio.

Sumido se encontraba en estas cavilaciones, cuando de pronto, un individuo al parecer de los mendigos que solían pernoctar en las puertas de las iglesias y parques públicos, en tan lejanas épocas hasta muy entrados los años republicanos (los vi en mi niñez por la década de los 40s), se le acercó y con ademanes genuflexos de pordiosero, mostrando un tosco cigarro, suplicó:

  • ¿Quiera su merced regalarle algo de candela a este pobre negro?

Su interlocutor, sin inmutarse, observó los ojos del harapiento y después de un momento sacó su fino mechero y lo ofreció solícito… sabía su propia condición de pardo -asunto que sus enemigos habían traficado profusamente sin ocultar aquello que habría sido hijo adoptivo del tendero español Miguel Monteagudo, afincado en Tucumán, de un clérigo en una esclava negra- pese a lo cual le otorgó su apellido; entonces y en compensación se alegró de haber sido autor de la legislación peruana respecto a la libertad de vientres, la abolición de la esclavitud y de la odiada mita.

                        PLAZUELA DE LA MICHEO. A LA DERECHA SE APRECIA LA CALLE FALTRIQUERA DEL DIABLO, ESCENARIO DEL CRIMEN DE MONTEAGUDO

La prueba de su posterior venganza por aquellos insultos en su tierra natal es que se había educado, escrupulosamente, en el propicio ámbito del Sur, la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca, en la ciudad de Sucre, Alto Perú, ahora Bolivia, regida por sacerdotes jesuitas obtuvo el título de abogado, fue auditor del Ejercito de los Andes y alcanzó los privilegios de ministro con San Martín y ahora fungía de consejero político y brazo derecho de Bolívar. Sus despreciables enemigos, bien ocultos debían permanecer…

Entonces, recobrando su postura inicial decidió proseguir su camino hacia La Micheo… fue cuando de súbito sintió la artera puñalada asestada en pleno pecho por aquel mendigo, y así, fatalmente, soltando inerme su casi acabado cigarrillo cayó redondo en el duro embaldosado de aquella plazuela, ahora desaparecida, uno de los lados del cercano convento de San Juan de Dios, actualmente Plaza San Martín y partió a la eternidad en medio de las más grandes conjeturas y cuestionamientos a la par que el regocijo de sus detractores y la congoja de muchos  otros, fiel producto de sus aciertos y desaciertos.

Nadie se atrevió o quiso socorrer al caído y el cuerpo del ex ministro Monteagudo permaneció muchas horas a la impiedad ciudadana hasta que por la noche los monjes de cercano convento recogieron el cadáver y le dieron piadosa primera sepultura en sus claustros.

             LUGAR DEL ASESINATO DE BERNARDO DE MONTEAGUDO EN LA PLAZUELA DE LA MICHEO

Se dice que Bolívar al ser enterado, cayó en depresión y montando en furia expresó, a la vista del cadáver:

Monteagudo!, ¡Monteagudo!, serás vengado

Ordenó sumaria averiguación para dar con los autores intelectuales y materiales. Identificado el asesino, el negro esclavo Candelario Espinoza, aquél se avino a confesar mayores detalles respecto a quién le contrató para dar muerte al ministro, pero Candelario, que había recibido la visita del cura confesor, condicionó la propia a que la haría únicamente ante el Libertador.

El generalísimo caraqueño, luego de escuchar por horas al condenado, para asombro generalizado, ordenó la conmutación de la pena de muerte por la de cadena perpetua en presidio lejano y se llevó a la tumba el nombre del autor o autores intelectuales y aquellas causas que habrían primado para el magnicidio.

ÓLEO DE BERNARDO DE MONTEAGUDO, EN UNA SALA DEL INSTITUTO SANMARTINIANO DEL PERÚ, GENTILMENTE FOTOGRAFIADO POR UNO DE SUS DIGNATARIOS, CPC DOMINGO DÍAZ CÁCERES

A manera de colofón

He querido ofrecer en recuerdo a don Bernardo José Monteagudo Cáceres, este modesto ensayo, al hombre que inauguró en la naciente república el fomento de la instrucción, en condiciones singulares y complicadas, en fecha ya cercana al Bicentenario de su Independencia, ilustre personaje que ayudó a conseguirla; prócer cuyo nombre llevan dos cuadras en el distrito de Magdalena del Mar y una placa en el hall de la Biblioteca Nacional; revolucionario que aún carece de monumento que sirva a su memoria en esta capital del Perú -beata y pecaminosa- donde alguna vez Dios había sido el Sol.

Resumen, a manera de corolario, de la obra de Monteagudo en el Perú:

Su primer éxito fue convencer al gobernador de Trujillo, marqués de Torre Tagle de pasarse a los patriotas como Supremo Delegado, esto es primer presidente del Perú.

Proclamada la independencia del Perú en Lima, el 28 de julio de1821, por San Martín, y luego aclamado Protector Supremo, el 3 de agosto de ese año, Monteagudo alcanza altos cargos al asumir como Ministro de Guerra y Marina y más tarde, se hace cargo también del Ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores.

Mientras que San Martín se concentró en los aspectos militares dando prioridad a la guerra, Monteagudo quedó de hecho a cargo del gobierno del Perú.

Sus principales medidas de gobierno fueron: La libertad de vientres; la abolición de la mita; la expulsión del arzobispo de Lima; la creación na escuela normal para la formación de maestros; la fundación de la Biblioteca Nacional del Perú; apoyó la opinión de San Martín favorable a instalar una monarquía constitucional en ese país, a la vez que influyó fuertemente en las mismas y en su propaganda, sobre todo a través de la Sociedad Patriótica de Lima, que fundara en 1822.

Ambos compartían la idea de que sólo una monarquía constitucional democrática podría evitar la anarquía y las guerras civiles. Por otra parte, Monteagudo pensaba que la tarea prioritaria era declarar y afianzar la independencia, y que las libertades políticas debían ser establecidas gradualmente. Esta línea estratégica de Monteagudo, se expresó en la decisión de San Martín de no sancionar de inmediato una constitución, postergando la tarea para el momento en que la independencia estuviera asegurada, dictando en cambio el Reglamento del 12 de febrero 1821 y luego el Estatuto Provisional del 8 de octubre de 1821.

Por disposición de San Martín, Monteagudo creó la Orden del Sol, con el fin de distinguir a los patriotas que habían contribuido a lograr la independencia del Perú, siendo hereditaria esa distinción y las ventajas que la misma implicaba. La Orden del Sol fue una institución muy polémica, de tipo aristocratizante. El propio Monteagudo reconoció en sus Memorias que tenía el fin de «restringir las ideas democráticas».

Las ideas monárquicas de Monteagudo fueron muy impopulares en Perú y constituyeron el eje de la oposición que finalmente provocó su caída al partir San Martín. La Orden del Sol fue anulada en 1825 pero volvió a ser restablecida en 1921 con el nombre Orden El Sol del Perú, persistiendo hasta la actualidad.

Entre diciembre de 1821 y febrero de 1822, Monteagudo dictó una serie de resoluciones destinadas a desterrar, confiscar parte de sus bienes y prohibir el ejercicio del comercio a los españoles peninsulares que no se hubiesen bautizado. Si bien no existen investigaciones acerca de cuántos partidarios del rey salieron del Perú a causa de los graves episodios de su independencia, así como del cambio político en sí que no quisieron reconocer; algunos cálculos apuntan entre diez y doce mil. Ricardo Palma, en su estudio histórico sobre Monteagudo, estima en 4.000 la cantidad de españoles expulsados del Perú por decisión suya.

El 19 de enero de 1821 San Martín dejó Lima y se reunió con Simón Bolívar en la Entrevista de Guayaquil, dejando a cargo del poder, con el título de Supremo Delegado a José Bernardo de Tagle.

La ausencia de San Martín debilitó a Monteagudo. El 25 de julio de 1822 un grupo de influyentes vecinos de Lima le entregaron a Tagle un manifiesto exigiendo la renuncia de Monteagudo. Tagle aceptó la exigencia y decretó la cesantía de Monteagudo. Inmediatamente después el Congreso dispuso su destierro a Panamá, bajo pena de muerte en caso de regresar.

El viernes 28 de enero de 1825, por la noche, fue asesinado don Bernardo de Monteagudo Cáceres a inmediaciones del convento de San Juan de Dios de una certera puñalada en el pecho.

FUENTES Y CRÉDITOS:

Wikipedia:

Historia del Perú, Gustavo Pons Muzo

Grabados:

Plazuela de la Micheo, INTERNET

Asesinato de Monteagudo, Real Academia Española; Instituto Cervantes: Entre Monteagudo y Sánchez Carrión. Ricardo Palma.

Respecto a documentos y citas

Norberto Galasso, Seamos libres y lo demás no importa nada: vida de San Martín, Buenos Aires, Ediciones Colihue, 2000, pág. 474.

Wikipedia,

Foto en artículo:

Memoria chilena

Cita sobre Robespierre:

Del libro Robespierre. La virtud del monstruo, por Demetrio Castro. Pág. 11. Biblioteca de Historia y Pensamiento Político. Ed. TECNOS, Madrid, 2013

Dragón de la Guardia; M. Rugendas, lápiz

Romanza de Wamba, de la zarzuela El Bateo